Innovación que dá espacio a la Inteligencia Colectiva

“La educación no es para llenar un cubo, sino para encender una llama.” – William Butler Yeats

Pregunté a mi hija de 12 años, que llevaba todo el precioso y otoñal fin de semana pasado estudiando para los exámenes, por qué le eran importantes las buenas notas. “Para que pueda ir a una buena universidad,” me respondió, convencida. Y es cierto, por lo menos en su colegio, e imagino que en muchos más, que las notas importan para los premios y los rankings y la reputación. Salvo en música y en deporte, obviamente, casi todo el trabajo que hacen es en solitario y en competencia con los demás. Trabajan en grupo de vez en cuando, pero es más bien para ahorrar recursos, compartir microscopios, o ir más rápido. Compartir conocimiento no está bien visto, a veces se llama “hacer trampa”, a veces inspirarse en la obra de otro se llama “plagio”. Es más probable que un profesor pida a sus alumnos que no utilicen Wikipedia, por los errores que pueden haber, que les pida que cambien los datos erróneos que vean.

Lo cierto es que la inteligencia colectiva poco tiene que ver con el modelo de la educación tradicional y uni-direccional, en el cual el profesor ocupa el escenario, y nosotros absorbemos la información. Ese modelo, lamentable vigente todavía en la mayoría de los sistemas escolares, trata a los alumnos como baúles en los cuales hay que verter todos los datos y conceptos posibles. Trata al conocimiento como una ventaja competitiva, que nos consigue buenas notas que a su vez nos conseguirán plazas en las mejores universidades. Las mejores universidades tienen las plazas limitadas. De primero de la promoción solo puede haber uno. ¿Entonces, para qué compartir mi conocimiento con mis compañeros cuando me puede perjudicar?

Experiencias Prometedoras

Hace poco estaba escuchando un discurso de Jennie Magiera, una profesora de matemáticas en una escuela en el sur de Chicago, en un barrio bastante pobre. (Recomiendo su charla TED sobre la creatividad en el aula, que puedes ver aquí). Un día, para animar la materia, decidió asignar a sus alumnos una tarea colectiva: poner un valor económico a la clase. Le dio a cada uno de los niños unos 20 post-its, que tenían que pegar en las cosas que les parecían más importantes. Luego tenían que averiguar, como pudiesen, el coste de todos los objetos con post-its, y también el sueldo de la profesora (un dato público, como era una escuela pública). Después de crear una tabla en Excel y calcular el coste total de la clase, llamaron por Skype a una clase en el norte de la ciudad, un barrio rico, para comparar resultados. La sorpresa para sus estudiantes no fue la diferencia en el valor de las dos clases, sino el descubrimiento que en ese colegio había niños blancos. No entendían por qué había niños blancos en ese colegio, y no en el suyo. Con lo cual empezaron a investigar las diferencias socio-económicas de las zonas de la ciudad. Se dieron cuenta de que en su zona había un montón de tiendas que sólo vendían alcohol, mientras en el norte había un montón de restaurantes. Se dieron cuenta que había más paradas de autobús en el norte que en el sur. Empezaron a mandar cartas al alcalde, a escribir a los periódicos, a intentar conseguir subvenciones para comprar mejores herramientas para su colegio… Todo esto en una clase de matemáticas. Y los niños tenían 10 años. De forma instintiva, y con la ayuda de su profesora, repartieron las tareas, y consiguieron resultados.

El concepto de “project-based learning” o “aprendizaje por proyectos” tira del trabajo en equipo y de la motivación que genera la combinación de la libertad y el interés. Los alumnos elijen un proyecto que tiene un impacto real, y se ponen a trabajar en ello, en grupo. Puede ser algo como proteger la playa del pueblo, recaudar fondos para un centro de la tercera edad en su barrio, o diseñar una instalación para el zoológico.  Ven de primera mano la complejidad de la vida y la interdisciplinaridad de los proyectos en general. Experimentan algo que normalmente no vivimos hasta llegar a la madurez o tener nuestros primeros trabajos, o montar nuestra primera empresa: la felicidad que trae el conseguir algo en equipo.

He participado en algunos “hackathons”, que son sesiones intensas de brainstorming y trabajo para llegar en equipo a una solución para un problema en concreto. Normalmente “hackathon” refiere a una sesión de programación para crear código para una buena causa o para diseñar un nuevo servicio para la web de tu empresa, pero cada vez más se aplica a situaciones no tecnológicas, como mejorar un producto o concebir una nueva forma de hacer algo. Son sesiones intensas, productivas y muy divertidas, e inspiradas por la inteligencia colectiva. (no sería al revés?, lo inspira la inteligencia colectiva?tienes razón, mejor dicho así?. El formato es perfectamente adaptable a las aulas: los alumnos elijen el reto que más les interesa, forman grupos, y se ponen a diseñar una solución. Las habilidades que los hackathons cultivan son la creatividad, la iniciativa, la determinación y el trabajo en equipo. Puede ser que un equipo gane un premio, pero en realidad todos ganan.

Hoy en día, los alumnos pueden charlar con otros alumnos al otro lado del mundo, compartiendo experiencias, diferencias culturales, e incluso problemas.  Imagínate la potencia de un “hackathon” que cruza fronteras… La inteligencia colectiva de jóvenes unidos por su edad lleva a conclusiones potencialmente profundas, y desde luego enriquecen el aprendizaje de conceptos fundamentales como la globalización, la micro-economía, y los métodos de comunicación.

La plataforma School in the Cloud conecta a grupos de alumnos de todo el mundo, y les pide que solucionen “grandes preguntas”, con el fin de agudizar el ingenio y la creatividad. Por ejemplo, en vez de preguntarles “¿Cuál es el animal más grande del mundo?”, pregunta “¿Por qué no hay un animal más grande que la ballena azul?”, o “¿Qué invento del siglo XVIII es el que más afecta tu vida hoy?” Skype in the Classroom es una plataforma en la cual los profesores pueden compartir ideas para clases vía Skype, conectar con otras clases en otros países, hablar con profesionales y expertos… Y es gratis.

Con el auge de las formas de enseñar que tiran de la inteligencia colectiva, el papel del profesor cambia, del “jefe” que transmite lo mismo que dicen los libros de texto y que reparte notas como lingotes de oro, a un mentor, que guía a los alumnos en sus viajes de descubrimiento. En vez de alguien que les cuente lo que tienen que saber, les ayuda a descubrir lo que necesitan por si mismos. Les ayuda a identificar sus puntos fuertes, a trabajar su inteligencia emocional, a cultivar sus dones de comunicación. Les ayuda a creer en si mismos, y en su capacidad de tener un impacto positivo en el mundo.

La inteligencia colectiva está empezando a revolucionar las aulas, aunque, como cualquier cambio en nuestro sistema educativo, va lento. Pero ocurrirá, porque un sistema que no entiende que el conocimiento ya no es un factor medible, y que la complejidad de los retos que nos unen requiere mentes creativas, curiosas y motivadas, tiene que evolucionar. La próxima generación se acostumbrará a la idea de que el conocimiento no es un fin en sí, un bien para acumular y guardar. Es una herramienta que nos ayuda a identificar y solucionar problemas. Es un bien para compartir, para que juntos podemos hacer un mundo mejor.

Saldrá un sistema en el que se premie más la curiosidad y la iniciativa que la buena memoria. Cuando empecemos a ver que el objetivo de la educación no es conseguir buenas notas y buenos futuros salarios, sino contribuir a mejorar el mundo, eso sí será la inteligencia colectiva.

bibianav

Sobre el autor: bibianav

Furibunda lectora, estudiante para toda la vida, rebelde con causa donde la haya. Inundada de sentido creativo, y todas las demás cosas de la vida normal y corriente: Licenciada en Ciencia Política UniAndes, Estratega de Contenido NorthWestern University, CM, Social Media Strategist, empresaria educativa.

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