El selfie como postureo y marca personal

El selfie como postureo y marca personal

Construimos nuestra imagen a través de un ejercicio constante de representación visual

Por Rafael Marfil-Carmona

La primera premisa que se puede proponer, sin riesgo a equivocarse, es que la alfabetización visual y mediática son dos conceptos que abundan en lo mismo, dos caras de un idéntico propósito educativo. Esta confluencia se hace especialmente patente en pleno apogeo, casi orgía visual, si se permite la expresión, de la “Civilización de la Imagen”. Este término fue acuñado por el cineasta Enrico Fulchignoni (1964), más recordado por su terminología, como fue “era cósmica” (1972), que por su obra fílmica. En esa permanente inmersión en la imagen, propia y ajena, a través de las pantallas, aparecen ademanes, maneras y costumbres que, sin darnos cuenta, se convierten en usos más propios del marketing y del concepto de marca que de la propia esencia de la identidad personal.

Hay un contagio de lo colectivo a lo individual, de lo institucional a lo personal. En otras palabras, un simple selfie es un diseño de nuestra imagen de cara a los demás, por lo que utilizamos esa oportunidad para incidir en fijar en nuestro “público” una serie de atributos vinculados a esa imagen visual, tal y como se establece en los manuales de comunicación estratégica (Villafañe, 1996) y de marca (Costa, 2004).

Como reflexión, de inicio, el planteamiento educomunicativo no puede sustraerse a una visión crítica, siguiendo la tradición de análisis de la imagen, que tiene una especial vigencia en la era digital (Aparici y García Matilla, 2008). Desde ese punto de vista, en un contexto de “venta” personal, incidimos en una persistente imagen de morritos, músculos, escotes, peinados o uso de la ropa más actual. Así, estamos manifestando, de forma abierta, nuestra más completa adscripción al sistema y al mercado, nuestra conformidad con los patrones impuestos por el modelo marketiniano y publicitario. Queremos cumplir las normas al detalle. Somos los número 1 de la tendencia.

Selfie del astronauta japonés Hoshide en 2012. Recuperada de Pixabay.com

En segundo lugar, reiterando un mismo tipo de imágenes, implementamos estrategias de las empresas y corporaciones, basadas en la continuidad de un mismo mensaje para crear y fijar la imagen pretendida en sus públicos. En eso se basa la imposición, por parte de estas instituciones, de una agenda setting, una secuenciación de contenidos. La nuestra, siempre muy particular, es compartir imágenes constantemente asociadas a un canon estético y a una sensación de felicidad. Es la sonrisa de “un mundo feliz”, el instante detenido de lo que es “divertirse hasta morir”, recordando algunas referencias clásicas (Huxley, 1932 –enlace a audiolibro-; Postman, 1991).

Esa manifestación de la propia personalidad a través de la identidad visual, además de constituir todo un marco de trabajo para la etnografía digital, es una clara expresión del Factor R-elacional (Marta-Lazo y Gabelas, 2016) y del uso de las TRIC, es decir, de la dimensión humana que tiene esa proyección visual de nuestra propia identidad y nuestro alter-ego, como es el selfie. Seguramente, ser conscientes de ese proceso es una manera de revisar nuestro grado de competencia digital y mediática (Ferrés y Piscitelli, 2016).

Bases artísticas

En la tradición artística, el autorretrato es la base histórica del selfie. Por ello, se trata de una práctica que siempre ha existido, desde el busto del mecenas romano hasta las series de Cindy Sherman, pasando por el reflejo de los propios autores en su obra, como el caso de Velázquez en las Meninas o de Frida Kahlo en gran parte de sus pinturas. Tal y como describe Nicholas Mirzoeff, profesor de la Universidad de Nueva York, en un su reciente obra “Cómo ver el mundo” (2016): “El selfie no llama la atención porque sea nuevo, sino porque expresa, desarrolla, expande e intensifica la larga historia del autorretrato” (p. 37). La diferencia entre el selfie en redes sociales y el autorretrato artístico es que, en las paredes de una sala de exposiciones, se está destacando el propio proceso, llamando la atención sobre el hecho de fotografiarnos a nosotros/as mismos/as, mientras que compartir en redes una autoimagen es un hecho cotidiano, transformado en una práctica contemporánea carente de intencionalidad y trasfondo cultural. Está claro que esa inocencia no es tal.

Cindy Sherman (1977). Fotograma sin título, nº 21. Untitled Film Stills. 1977. Imagen de una serie que pertenece actualmente al Mueo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA).

Como sucedía en las familias nobles o burguesas, el autorretrato pretende consolidar nuestro prestigio. Se trata siempre de un esfuerzo hacia la unidad perceptiva en lo visual, al contrario de lo que hacía Duchamp, que pasaba de reflejar muchos “yo” en un autorretrato fotográfico a dejarse retratar por Man Ray como un alter-ego diferente (Rrose Sélavy). El juego de las Redes Sociales es tremendamente sencillo y complejo a la vez, como siempre lo ha sido el uso de la imagen.

Como aprendizaje y como reto, estas prácticas de la cultura visual y digital sugieren la posibilidad de explorar nuestros propios hábitos, de buscar sentido a las prácticas cotidianas, sin perder de vista la tradición artística y cultural de la que procedemos. Además, es importante ser conscientes de nuestra competencia digital, de las dimensiones como el uso de lenguajes (¿Por qué una angulación y no otra?, ¿Qué códigos y arquetipos intervienen en nuestra gestualidad?) o tecnologías (¿Por qué empleamos la cámara de peor calidad de las dos de las que dispone nuestro móvil?), entre otras facetas que es necesario explorar.

Por último, la clave es reflexionar en torno a cómo usos y costumbres, aparentemente inocentes en la red, nos convierten en una marca que genera impactos dirigidos, supuestamente, a mejorar la imagen personal. El selfie, una de las vertientes visuales de nuestro diálogo (monólogo) con el mundo, es un buen ejemplo del uso cotidiano que, desde el punto de vista de la alfabetización visual y mediática, representa en sí mismo todo un territorio para el aprendizaje y la reflexión crítica en torno al modelo relacional que estamos creando a través de las pantallas. Todo ello, sin perder de vista que el esfuerzo debe dirigirse hacia una ciudadanía crítica, consciente de los valores implícitos en nuestros patrones de acción en redes, sin perder de vista el modelo machista de representación femenina en Internet, una cuestión de la que hablaremos en otro momento en TRICLab.

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Sobre el autor: TRICLab

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