Ante la felicidad soñada: ¿Cómo se Relacionan protagonistas, medios y tecnología?

Por Carlos Gurpegui para TRICLab 

Según Aristóteles, la felicidad es una actividad de acuerdo a la virtud. Junto al cine de David Cronenberg, de títulos tan importantes como ‘Videodrome’ (1983) y ‘eXistenz’ (1999), dos películas hacen buenos los postulados del filósofo canadiense Marshall McLuhan (1911-1980), profeta de la aldea global y chamán de la manipulación de los medios fríos y calientes: ‘La rosa púrpura de El Cairo’ (1985) de Woody Allen y ‘Her’ (2013) de Spike Jonze, que reaniman el aforismo “el medio es el mensaje”, ya que estos “alteran, modifican y masajean nuestra vida”, determinando con gran lucidez otra máxima del profesor canadiense: el medio es el masaje.

Desde mi punto de vista, la relación de los protagonistas con los medios y su tecnología —el cine y la informática— se manifiesta en ambas películas a través de la secuencia:

‘La rosa púrpura de El Cairo’

Para Woody Allen, ‘La rosa púrpura de El Cairo’ es su película más triste y querida, protagonizada por una moderna y dickensiana Mia Farrow que deberá elegir entre la realidad o la fantasía en su búsqueda de la felicidad. “Estoy casada y acabo de conocer a un hombre maravilloso. Claro, no es real, todo no se puede tener”. El personaje de Farrow incorpora absorta todos sus sentidos a la proyección de la pantalla, y en especial al musical como el máximo exponente de su placebo.

Allen, escapista emocional del truco y la magia, determina la supervivencia de su personaje en la catacumba del cine —como diría José Luis Borau—, en el arrullo ante la felicidad soñada del ‘Cheek to Cheek’ de Fred Astaire y Ginger Rogers en ‘Sombrero de copa’ (1935) de Mark Sandrich, cuya reciente versión de Lady Gaga y Tony Bennett no tiene nada que envidiar. Así decía: “Cielo, estoy en el cielo y mi corazón late tan fuerte que casi no puedo hablar. Y parece que he encontrado la felicidad que buscaba cuando bailamos juntos, mejilla con mejilla”.

Reducto del rescate, lejos ya de románticas aventuras en el interior del blanco y negro, tras el amargor de falsos príncipes de ficción al rescate de corazones solitarios, Mia acepta de nuevo la hipnosis y el viaje al musical como el género por excelencia que nunca defrauda —más allá de Brigadoon— y que llena de sentido el vacío de su frágil existencia.

La investigadora rusa Sonja Lyubomirsky del Departamento de Psicología de la Universidad de California en Riverside, referente de la psicología positiva desde finales de los 80, utiliza la palabra felicidad para referirse “a la experiencia de alegría, satisfacción o bienestar positivo, combinada con la sensación de que nuestra vida es buena, tiene sentido y vale la pena”.

‘Her’

Casi treinta años más tarde, una experiencia parecida de ensoñación sentimental cobra sentido en ‘Her’, film de Spike Jonze con ecos de soledad a ‘Lost in traslation’ de Sofia Coppola (2003) y a ‘El show de Truman’ de Peter Weir (1998). Amor y bienestar emocional se dan la mano, esta vez en el corazón de la vida acomodada de un varón, donde un sistema informático irá llamando paulatinamente los afectos y deseos de un sorprendido Joaquin Phoenix, actor que años más tarde enrocaría sentimientos de forma moralmente terrible en otro Allen, ‘Irrational man’ (2015).

Durante el rodaje, Joaquin Phoenix y Amy Adams cantaban temas de musicales como ‘Annie’ (1982) de John Huston y ‘The Rocky Horror Picture Show’ (1975) de Jim Sharman como calentamiento entre las escenas. El musical, una vez más, como estado del alma. Para Martin Seligman, referente de la Psicología Positiva y director del Departamento de Psicología de la Universidad de Pensilvania, la felicidad se alcanza cultivando tres dimensiones:

  • la Vida Gratificante (cubrir las necesidades básicas),
  • la Buena Vida (descubrimiento y desarrollo de nuestro potencial) y
  • la Vida con Sentido (cómo desarrollamos este potencial en la felicidad de los demás).

El love story con Samantha, un avanzado sistema operativo, computadora más allá de ‘S1m0ne’ (2002) de Andrew Niccol —autor también de ‘Gattaca’ (1997) en pleno debate de ciencia conciencia—, quizá tuviera aquí su techo en la alteridad de los deseos, imposible para una ‘vida con sentido’, en honesta y dolorosa actitud de tener que decidir. “Me he sentido orgullosa de tener mis propios sentimientos”, manifiesta Samantha. “¿Son reales o sólo están programados? Esa idea me duele mucho”. Como manifiesta Van Johnson en ‘La rosa púrpura de El Cairo’, “elegir es el atributo más humano que existe”.

A modo de epílogo…‘La La Land’

Alegrías aparte, quizá el revival más descarado del musical con visos de felicidad sea el de ‘La La Land’ (2016) de Damien Chazelle, homenaje a su edad dorada, sin dejar rastro de oberturas a lo ‘Aquarius’ en ‘Hair’ (1979) de Milos Forman. Hippies sustituidos por indies, como en el flashmob en el inicio de ‘La La Land’ a imagen de ‘Las señoritas de Rochefort’ (1967) de Jacques Demy. Esta vez, “un mundo en tecnicolor, hecho de música y maquinaria, le llamaba a estar en esa pantalla y vivir dentro de cada escena”, cantan en su inicio recordando al film de Allen. “Subo esas colinas. Mi meta son las alturas y perseguir todas las luces que brillen. Y cuando te desilusionen, levántate de nuevo, porque llega la mañana y es otro día de sol”, prosigue.

Todo nobles propósitos, de grandes estímulos. En ‘La vida emocional del cerebro’, el neuropsicólogo Richard J. Davidson, profesor de psicología y psiquiatría de la Universidad de Wisconsin, y la escritora Sharon Begley, afirman que nuestro estilo de pensamiento transforma nuestros circuitos neuronales: “Hemos podido comprobar que una persona entrenada en prácticas contemplativas puede modificar su mente, y por tanto su carga de ADN”. Crear nuestro propio estilo emocional depende de nosotros mismos, máxima para una nueva aventura pero también para el rescate de Mia Farrow y Joaquin Phoenix en sus respectivos relatos, luminosos y electrónicos, ya por siempre en la nube.

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