Hacia la democracia líquida: El factor R-elacional ya no es optativo

Luis Miguel Romero para TRICLab

#OcuppyWallStreet en Estados Unidos, las primaveras árabes, #15M en España, #AntiBanks en Portugal, Grecia, Israel, Argelia y Países Bajos; 2011 fue el año que marcó un hito histórico en las relaciones otrora hegemónicas –de los mass media– de la información y del discurso público. Nada volvería a ser igual.

Estos movimientos relanzan un sentimiento, más o menos generalizado, de corrientes de antipolítica y de indignados antiestablishment que no tenían cabida en la anomia social de los baby boomers y la generación X, de alguna manera por el ingente crecimiento económico de occidente, actitud que culmina el 15 de septiembre de 2008 con las quiebras de Lehman Brothers y Merril Lynch, cuarto y quinto banco de inversión más grandes de Estados Unidos, y que serían la primera pieza del dominó que haría caer a todo un entramado subterráneo de entidades e instrumentos financieros de los cuales nunca habíamos escuchado hablar: subprimes, primas de riesgo, hedge funds y toda una serie de neolenguas que llegaron a nuestro idioma para decirnos, en el más puro castellano: ¡estamos jodidos!

Independientemente del gigantesco laberinto de Creta, en el que se fundamenta la banca mundial –e increíblemente hasta las cajas rurales de cualquier barrio–, con meridiana evidencia quedaba demostrado que algo más había cambiado en nuestro ecosistema: El podio discursivo social ya no pertenecía en exclusividad a la élite simbólica, pues Internet y, en especial, las redes sociales, le habían dado a las personas la capacidad de vincularse, de interrelacionarse, de organizarse y de manifestarse. Había nacido una nueva forma de activismo ubicuo, atemporal y contextualizado en micronodos –incluso nanosegmentados– en el que el factor R-elacional amaitina la inteligencia colectiva y pone en valor la sinergia social.

El factor R-elacional en la política: Una tarea [¿que seguirá?] pendiente

La Universidad, la Iglesia, los militares y las instituciones políticas son quizás las entidades que menos han cambiado sus dinámicas relacionales desde la Edad Media. Independientemente de su liturgia –que fundamenta su estabilidad en el tiempo–, el sentido de verticalidad, jerarquía y centralidad en sus decisiones son su raison d’être. Así, en el contexto político es usual aferrarse al statu quo, pues buscar cambiar las dinámicas puede traer –como dice un buen amigo de estas lides políticas– “consolidar al oponente en sus intenciones, crear nuevos enemigos y hacer muy pocos amigos”.

Los disminuidos espacios de participación social con las instituciones públicas se han convertido en paripés de cara a la galería, mientras que los partidos que otrora defendían la «democracia deliberativa» comprendieron –quizás demasiado rápido– que dar voz a la militancia, tarde o temprano se convertiría en su propio patíbulo. Eso sí, el no dar derecho o visibilidad a las voces disidentes –orgánicamente aliadas o no– tarde o temprano conformarán los argumentarios del contrario en elecciones, que se quejará de la poca o nula apertura social de un mandato para abanderarse la causa, que a su vez será tomada con la misma diligencia que en la anterior gestión. Un círculo vicioso sin principio ni final.

El voto es solo una parte de un proceso mucho más complejo. Imagen: felipeblasco, en Pixabay.com

Del seno de ese descontento, de esa «antipolítica», de esa separación –y hasta polarización– élite vs. pueblo nacen las nuevas formas demagógicas disfrazadas en discursos populistas y fundamentos discursivos oclocráticos (Polibio dixit). En época de campañas electorales vale todo: videoconferencias con el candidato, asambleas, portales de participación, blogs, foros, comunicación dialógica por las redes sociales, aplicaciones móviles y hasta storytelling y narrativas transmedias del discurso político en pomposos anuncios de tú a tú. El factor R-elacional de las TRIC se entiende y se aprovecha, pero ¿por qué muere el día de las elecciones?

 

La anomia de la audiencia y la representatividad exacerbada

El modelo de democracia representativa, en la que un número relativamente pequeño de personas es electo para actuar en función de una mayoría que les votó, es quizás el primer culpable de la invisibilización del factor R-elacional entre mandantes y mandatarios. Esto es así ya que, desde el propio seno de la República romana (en el Senatus Populusque Romanus), la gobernanza se ha entendido como un traspaso integral de la voluntad popular que perdura hasta las próximas elecciones. Por supuesto, Lucio Bruto, Lucio Colatino o Cayo Octavio Turino no contaban en ese entonces con Twitter, Facebook, Change.org o cualquier otra plataforma de organización y expresión social.

Advertencias sobre la oligarquía

El riesgo de la “partitocracia”. Imagen: Team, de Steinchen. Fuene: Pixabay.com

John Stuart Mill en Consideraciones sobre el gobierno representativo (1861), ya apuntaba con clarividencia que el rol de un gobierno representativo no es únicamente legislar, sino trasladar al foro público (asambleas, senados, congresos…) las opiniones de los representados:

Su rol (mandatario) es indicar necesidades, ser un órgano para las demandas populares y un lugar de discusión de todas las opiniones adversas relacionadas con asuntos públicos, grandes y pequeños; y, junto a eso, verificar con la crítica y, eventualmente, retirar su apoyo a los altos funcionarios (…)

Con la misma pericia de mantener en el tiempo sus advertencias, Robert Michels en Partidos políticos (1911) apuntaba que la exacerbación de la representatividad suele deteriorarse hacia una oligarquía o partitocracia –ya de cierta manera siguiendo el ciclo de Polibio–. Ante este modelo estancado en la escotomización e incluso sordera, han aparecido otras propuestas como la lotocracia, la democracia deliberativa y más actualmente la democracia líquida o delegativa, que propone utilizar las ventajas que ofrecen las TIC para garantizar el voto directo sobre los asuntos públicos, modelo que ha sido probado en Vallentuna (Suecia) y abanderado por los Partidos Piratas de Alemania, Italia, Islandia, Bélgica, Austria, Noruega, Francia y los Países Bajos.

Sin embargo, el gran dilema aparece en la propia «anomia de la mayoría», enfrascada en defender modelos centralizados, homogéneos y herméticos que tercerizan las responsabilidades, quizás sin entender que los errores en política no necesariamente son pagados por los que toman las decisiones, ni una fórmula de crear una campaña electoral exitosa, pues los partidos y gobernantes que sigan trabajando aislados de las relaciones con los administrados (“poderdantes”) están condenados al ostracismo social al que la dinámica actual apunta.

TRICLab

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